Migrantes de Oaxaca, décadas de abrazos reprimidos

Mario Jiménez LeyvaMario Jiménez Leyva

Rufo y Dominga visitaron a sus hijas en Estados Unidos.

Los ancianos bajaron del avión con la esperanza de ofrecer los abrazos que se guardaron por décadas; el caminar ahora es lento y la vista cansada, han pasado 25 años desde la última vez que estuvieron cara a cara con sus dos hijas.

Rufo, de 83 años, y Dominga de 80, no pudieron contener las lágrimas luego de los abrazos, las manos más pequeñas eran desconocidas para la vista, pero no para la sangre, eran sus seis nietos quienes los rodearon.

Luego de una larga espera, Rufo y Dominga fueron beneficiarios del Programa Guelaguetza Familiar Oaxaca-Estados Unidos, que les otorgó una visa para viajar a los Ángeles y cumplir uno de sus sueños.

“Tengo dos hijas en estados Unidos, se fueron desde hace 25 años y desde entonces no la había visto”, dijo Rufo con el bastón en la mano, “Me dio paz y tranquilidad verlas, porque aunque nos comunicamos por teléfono, no es igual que estar ahí con ellos”.

Un mes, el tiempo que estuvieron en California, no compensan 25 años, pero para los ancianos es como renacer, lo es todo.

Un deseo que no se cumplió

Cuando Lucio murió, a sus 76 años, uno de los recuerdos que se le vino a la mente fue el de su hija Esther, de quien no pudo despedirse; seis años pasaron desde su partida de San Francisco Lachigoló y el recuerdo de su pequeña, convertida en adulta, lo acompañó hasta el último suspiro.

Han pasado 17 años que Esther emigró a los Ángeles, California, y el deseo que no pudo cumplir Lucio sí lo hizo Petrona, su esposa, quien tuvo la dicha de abrazar a su hija y a su nieto Miguel Ángel.

“Me sentí muy bien de ver a mi hija, la abracé y le di un beso, estuve un mes, tengo un nieto que se llama Miguel Ángel”, relata Petrona, quien a sus 76 años presume su hermosa sonrisa, “le dije cómo estamos y les recordé nuestras costumbres; verla me dio la paz que necesitaba”.

Nacer en otro país y no recordarlo

Magdalena estudia quinto año de primaria y es ciudadana estadounidense, pero de inglés sólo sabe lo que le han enseñado en la escuela, ubicada en San Pablo Tijaltepec, Tlaxiaco; sus padres emigraron al vecino país del norte en el 2007.

Natalio y Beatriz no sabían, cuando se fueron, que su estancia en Estados Unidos les daría el mejor regalo que pudieron tener, una hija, a la que llamaron Magadalena, la misma que ahora está sentada a su lado esperando por el acta de extranjería que mucho le hace falta.

“Vivimos seis años en Estados Unidos y nos regresamos porque ya no queríamos vivir allá”, dice Natalio, cuyo español no es el mejor, pero sin duda es el más sincero, “me dedico al campo, siembro maíz, frijol y trigo”.