Colectivo Cuenteros| Hermanos de sangre

"Tu hermana acaba de fallecer", dijo mi padre al otro lado del teléfono. El despertador marcaba las tres de la mañana con luces rojas. Rogué que fuera un mal sueño. Lo era.

La llamé al amanecer.

—Imposible vernos hoy, hermanito. Tengo que llevar a los niños al colegio y recogerlos en la tarde. Y quedé de almorzar con mi suegra. Hay que dormir con el enemigo de vez en cuando. ¿Sucede algo?

—¿Tendría que pasar algo para llamarte?

—En teoría, no.

—Es que se me ocurrió irme de pinta como en la secundaria y pensé que querrías venir conmigo.

Escuché su carcajada mientras encendía la televisión. De fondo, proveniente de la radio quizá, sonaba “Labios compartidos”.

—Ay, qué tiempos —dijo—. Y yo siempre secundándolos a ti y a Iván.

Crecimos junto a Iván en una unidad habitacional, donde a cualquier hora nos saltábamos las hileras de ladrillos que separaban nuestros patios. Estábamos en tercero de primaria cuando su madre falleció. Desde entonces, pasaba largas temporadas con mi familia cada que su padre se ausentaba de la ciudad por motivos de trabajo. Se convirtió en un hijo y hermano más.

Cursamos juntos todos los demás grados, incluyendo la universidad. Luego ingresamos a laborar en una oficina gubernamental. Pero el PRI no sobrevivió al nuevo siglo y su caída nos dejó desempleados. Se impulsó en el país la creación de changarros; los “cafés internet” tuvieron un gran auge. Instalamos uno en tanto conseguíamos algo mejor, cosa en la que tuve más suerte.

—Pero no hay bronca —le dije—. Puedo cumplir aquí sin problema.

—Dime al chile —repuso Iván—. ¿Votaste por los otros a sabiendas de que tu tío podría acomodarte de nueva cuenta en el gobierno?

—Ni siquiera voté —mentí.

La encontré formada en la fila del banco donde acordamos vernos a medio día. La abracé fuerte, recordando por alguna razón la frase de Garfield que me hacía imitar cuando éramos niños: Sea lo que sea yo no fui, yo no me lo comí, yo no sé nada al respecto.

—¿Qué tienes, loco?

Negué con la cabeza y le señalé a la chica que agitaba la mano detrás de la ventanilla.

Del entusiasmo inicial, Iván y yo transitamos a las confrontaciones.

—No es justo que trabaje más que tú si cobramos lo mismo —le reclamé un día.

A manera de respuesta, dijo haber descubierto gastos por conceptos dudosos en la contabilidad. Debido al tiempo transcurrido, no pude comprobarle que lo había gastado en el mantenimiento del local. Entonces dije:

—Si hubiera querido transarte, no habría agarrado unos pocos pesos.

—No es la cantidad, cabrón, es lo que significa.

Lo de menos fue reponer el supuesto faltante, pero no hallé el modo de sobrellevar la acusación de deshonestidad.

Con el tiempo, dejamos de lado las sutilezas. Cualquier cosa que hiciera o dijera uno, molestaba al otro. Antes, cada bronca entre nosotros quedaba en el olvido tras la siguiente borrachera. O eso creíamos, porque una serie de desacuerdos surgidos a través de los años, comenzaron a salir a flote.

—Me acusaste con mi padre de robar dinero de su billetera —me reprochó una tarde en que retomé el asunto de los faltantes de dinero—. Yo, en cambio, sólo te pedí cuentas de lo que también es mío.

—Éramos escuincles. Ni siquiera lo recordaba.

—Pero yo sí, porque gracias a eso, él desconfió de mí por años.

—Que lo saques ahora es tan ridículo como si te reclamara la vez que no me dejaste copiarte en un examen y provocaste que reprobara y me castigaran.

—No es lo mismo, no mames.

—Lo es, porque volví a confiar en ti. Y más rápido que tu papá.

—Por mí tu confianza y este negocio se pueden ir a la fregada, me da igual.

—Pues, va. Total, trabajo tengo.

Eso fue cuando mi hermana intentó intervenir.

—Si tuvieras la oportunidad de saber que a alguien a quien amas le resta un día de vida, ¿qué harías?

—¿Mamá o papá? —dijo mi hermana con un sobresalto—. ¿Hay algo que deba saber?

—Soñé que me moría y fue muy real. No, no te rías. ¿Recuerdas que nuestra abuela soñaba que se le caía un diente siempre que uno de nosotros se iba a enfermar?

—Sí, pero a mí no me engañas: si me voy algún día sin decir adiós, solo recuerda la última vez que me hiciste sonreír y conviértela en despedida. Ven acá, sensible.

—Nada ha de doler más que la oportunidad perdida sin remedio —le dije después del abrazo.

—¿Hablas de ti o de Fox? —dijo con una risita.

—Dejé que el tiempo hiciera parecer que nada ocurrió, y nunca te pedí perdón por…

Me interrumpió mirándose las uñas.

—Eso ya fue. Lo que decimos enojados no cuenta entre dos que se quieren.

A continuación, me contó de los chismes que había intercambiado con su suegra.

—Los secretos penden de un hilo muy delgado —me dijo.

Hacía varios años, mi hermana telefoneó a mis padres al trabajo, para decirles que una amiga tenía un problema y debía acompañarla.

—Está internada —me confesó Iván esa noche.

Con tres meses de embarazo, mi hermana no encontraba el modo de enterarnos. Esa tarde, mientras en mi habitación yo escuchaba el primer disco de Enigma a todo volumen, ella sintió un malestar que derivaría en un aborto. A pesar de tenerme a unos metros, llamó a Iván para que la ayudara a llegar al hospital.

—Pero temo que su salud se complique.

—¿El hijo era tuyo, cabrón?

—¡Cómo crees!

—¿Entonces, por qué buscó tu ayuda?

—¡Eso qué importa!

Agradecí su ayuda, pero cuando, años después, nuestras indirectas desembocaron en puñetazos, creí que mi hermana intervenía para inclinar la balanza a favor de Iván frente a mis padres. Furioso y resentido, les dije que ella lo hacía por el secreto que él le guardaba. Provoqué entonces una crisis familiar que sumó otros distanciamientos.

Iván y yo nos fuimos a la quiebra y pasamos varios años sin dirigirnos la palabra. Sin embargo, descubrí que pesaban más aquellas vivencias que nos hermanaron, que los puños con que les pusimos fin.

—No puedes cambiar el pasado; por eso se inventó la mentira —le dije a mi hermana en otra de mis impecables imitaciones de Garfield.

—¿Y si lo invito a comer?

—¿A Garfield? ¿Estás preparando lasaña?

—Déjate de jaladas. Son casi seis años. Su padre ha estado enfermo; no querrás esperar a que una desgracia los ponga frente a frente.

—No tengo interés en continuar el pleito, pero no quiero que piense que me urge reanudar la amistad.

Se quedó pensativa unos segundos y se dirigió a la sala. Oí que hablaba con alguien por teléfono y fui hacia allá.

—No consigo imprimir y me urge. Ajá… Hoy o mañana, te lo agradecería muchísimo. Es más, ven de una vez y comemos, ¿qué te parece?

Adiviné con quién hablaba y amenacé con irme.

—Mejor mañana —ella le dijo.

Después de colgar, movió la cabeza y volvió a la cocina.

—Orgulloso… cobarde.

—Iba a parecer planeado.

—Podíamos inventar que llegaste por casualidad.

—Dime una cosa. ¿Iván y tú fueron novios? ¿O estuviste enamorada de él?

—¡Ay no, jamás! —Comenzó a rebanar los tomates y me miró de reojo—. ¿Qué te hace suponerlo?

—Quiero entender por qué siempre lo has preferido a él sobre mí, que soy tu hermano de sangre.

—Era eso —suspiró—. Te podría jurar que no tuve, que no tengo, un preferido. Pero si te ayuda a entenderlo, influyó que al quedar huérfano lo creí más necesitado de cariño. Después, resultaba cómodo hablar con él de temas difíciles entre hermanos. Si le pedí ayuda en aquella ocasión, fue porque no quería comprometerte. Creo que son tus celos de escorpión los que te juegan malas pasadas.

—¿Y mis padres, por qué tomaron partido por él? ¿También debo buscar en el zodiaco?

—Sólo intentamos detener un pleito sin sentido. Sabíamos que él desatendía el negocio porque estaba ansioso por conseguir algo mejor. Ustedes iban a la par en todo y en aquél momento, sintió que lo traicionaste. Tenías ya un trabajo en el que podías hacer carrera. Y en lugar de buscar el modo de ayudarlo, parecías empeñado en que se quedara donde estaba.

—Tú conoces la postura política de Iván, jamás habría aceptado…

—Era tu obligación de amigo preguntárselo. Tal vez necesitaba decirte que no.

—¿Y por qué nunca me lo dijo?

—Yo no sé. No es a mí a quien hiciste sentir traicionada.

—¿Lo ves? Sigues creyendo que Iván fue la víctima.

Soltó el cuchillo, cruzó los brazos y me miró fijamente.

—¡Lo único que creo es que necesitas aceptar que no eres el ombligo del mundo! ¡Que no son tus padres, que Iván no era tu amigo, ni yo tu mascota!

Bajé la mirada y ella, el tono de su voz.

—Siempre fuimos nosotros. Quien se excluyó fuiste tú.

Habían pasado algunos días cuando entre el ruido del tráfico sonó el celular. No era de madrugada, ni la voz de mi padre, ni había un reloj marcando la hora con luces rojas; pero tampoco era un sueño.

—Es Iván —dijo mi hermana entre sollozos—. Un accidente de carretera. ¡Oh, hermano!

 

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