Lección de humildad

Una postal de la Mixteca oaxaqueña, tomada por el artista José Luis García.

Desde su natal Huajuapan de León, al que el artista mixteco llama "el país de las nubes, lugar donde nacimos y volveríamos a nacer", es su voz vía telefónica la que anuncia que vendrá una historia que lo marcó. Es invierno, su llamada el último día del año comenta que compartirá con los lectores de Noticias Voz e Imagen de Oaxaca, una anécdota de al menos, cuatro décadas atrás.

Reproducimos íntegras las líneas del ceramista, pintor, muralista y escultor oaxaqueño:

"Antes o desde hace un rato quería contarte cómo a ese hombre lo vi caminar en piernas de otro, así, venían riendo a carcajadas. Él lucía dientes blancos en la risa; de eso… hace ya 42 años.

Yo andaba de aquí para allá. Me fui de mi pueblo para aprender el oficio de vivir para pintar. Andaba rodando, luchando y llorando. Andaba con el alma al cuerpo. Así, tristito porque en mi casa decían que tenía una conducta que me apartaba de la realidad; que yo no sabía la diferencia entre lo real y lo irreal, que mis sentimientos estaban por encima de la razón, que era infantil e irresponsable.

-¡Queremos que sepas!- , me decía mi papá. Y yo escuchaba y callaba.

Estaba harto de recibir palizas por dibujar y leer. Decidí que más valía largarme y me fui. Después de unos años regresé a la casa creyendo ser pintor. Doña Inés, mi madre, me contó que había un pueblo donde yo podía ir a hacer cántaros rojos, a Santiago Tamazola.

Ese lugar estaba retirado en ese tiempo de Huajuapan, a cinco horas de camino. Me trepé en un camión por la madrugada y por la media mañana estaba ahí en el centro del pueblo. Fui a la casa de una mujer que tenía tres paredes de bajareque y una de adobes; detrás de ella, en la pared de barro, colgaba un pequeño cuadro: una acuarela.

Me acerqué para verla mejor y le pregunté que dónde la había comprado; ella meneó la cabeza y me dijo: "¡No!, esa me la regaló el pintor". Y luego aclaró: "Él vive aquí, ¿quiere conocerlo?", me dijo. Y entonces mandó a su hijo a traerlo.

Mientras, le pedí un poco de barro y empecé hacer mi olla, de vez en vez observaba la acuarela y evidentemente vi buena mano. Cuando llegaron, eran uno en dos. ¡Sí!, uno no tenía piernas ni brazos, el otro andaba por él, lo cargaba sobre su espalda; el que lo llevaba puso sobre la mesa a ese tronco de gente.

Yo lo miré y sentí una gran pena por mí y asombro por él. Primero pensaba ¿con que pintó, si no tiene manos ni pies?

Él me explicó sobre su trabajo y me dijo: -Sí, yo lo pinté con la boca-. No salía de ese asombro cuando llegó otro y pidió que le trajeran la revista de Selecciones del Reader's Digest México. Cuando me la mostraron, en la contraportada estaba la reproducción de esa acuarela y decía: “De los pintores sin manos en el mundo”, tenía su nombre: Prócoro Méndez Larios.

Para mí fue un regalo que me daba la vida conocer a ese artista. Después de esa lección, sentí cómo se calmó el viento y los árboles dejaron de mecerse; no se movía ni una hoja. Fue como un preludio de fuego en mi corazón, de mis manos a mis pies. En ese momento me juré ahí mismo que yo sería alfarero. Desde entonces quiero con todo ante la tierra, ante el agua y ante el señor viento, en este lugar, ser pintor del pueblo de las nubes".