Colectivo Cuenteros| Hueco

Un día, Pandora jugaba en la habitación con su mejor amigo, un perrito negro que su padre había encontrado a los pies de un árbol. El cachorro comenzó a ladrar. La niña se inclinó y vio que había descubierto un hueco en la pared. Echó un vistazo en las tinieblas del orificio y vio que un extraño en un parque se alejaba de ella. Desconcertada, despegó la cara. Ladrando más fuerte, el perrito se escapó de las manos de Pandora y se coló por el hueco. Gritó, metió la mano por el hoyo, pero no pudo hacer más que mirar mientras su mascota se alejaba detrás de aquel extraño.

En su adolescencia, Pandora salió con varios chicos, pero fue hasta la Universidad que conoció a uno muy raro que llamó su atención. Rafael, un joven que tropezaba por ir mirando las estrellas, era de esas personas que dicen lo que piensan y hacen lo que dicen, un estudiante que de niño odiaba ir a la tienda porque cada que iba, era perseguido por un gran perro negro capaz de olfatear la soledad sobre los hombros de sus víctimas. Él le pidió que fuera su novia en uno de los pasillos de la biblioteca pública. Así, la relación se extendió y se casaron. Durante dos años fueron felices.

Viviendo juntos, cayeron en la monotonía existencial de la costumbre, una relación rutinaria y ambivalente. Rafael la amaba; ella a él un poco más. Discutían mucho y se reconciliaban poco. Olvidaron hacer el amor como habían olvidado salir los fines de semana al cine, al teatro, con amigos o a pasear con la mascota. Si hablaban, terminaban discutiendo y no se dirigían la palabra por días. Ella tomó la iniciativa: propuso que fueran al parque que visitaban cuando novios, para hacer las paces. Lo llevó donde solían leer poesía mientras intercambiaban besos sabor a café.

Llevaron un libro que nunca abrieron, un termo caliente que se enfrió. Contemplaron las nubes hasta que se tornaron estrellas; ni siquiera cruzaron las miradas. Él se levantó del césped, como buscando un milagro para romper el silencio que lo agobiaba. Ella lo observó recargarse en un árbol.

—Quítate de ahí porque estás tapando la casa de una ardilla —le dijo.

Él volteó y vio un hueco en la corteza. Lo que había dentro del agujero lo dejó pasmado.

Dentro del hueco se veía a sí mismo como protagonista en una película de acción. Retiró la mirada del hoyo y, con gesto extraño, le contó a su mujer lo que había visto. Ella no le creyó y fue a comprobarlo, no sin antes sufrir una regresión a sus seis años, cuando había visto lo que parecía ese mismo parque por el agujero de su habitación. Pero ahí, en el hoyo del árbol, se vio feliz, ganando el Premio Nobel de Literatura. Admirada, dijo:

—Qué visión más extraña; además, estás loco. Yo aparezco ganando el Nobel, y no tú como estrella de cine.

—Tal vez viste mal —respondió él—. Déjame echar otro vistazo.

Ahora se vio en una fiesta de manteles largos. Una mujer guapísima de vestido rojo, como los pétalos de una rosa, le hacía una seña con la mano derecha. Él sintió cómo la mujer de escotado atuendo se le acercaba; sin decir nada, lo besó con lujuria.

—¡Vaya! Tenías razón. Ahora estoy a punto de tener sexo con una súper modelo —afirmó.

—Muévete, quiero ver qué clase de zorra es —contestó ella.

Pero observó cómo ella misma estiraba el brazo para recibir un reconocimiento del Senado por haber reformado la Constitución, generando un cambio radical en el país.

—Sospecho que este hoyo nos deja ver todo lo que queremos ser o hacer —concluyó Pandora—. Hay huecos donde se puede ver de todo.

—Así parece —contestó él—. ¡Qué raro!

Así continuaron mirando por el agujero mundos paralelos donde eran felices y exitosos. Habían olvidado por qué fueron al parque. Los minutos se hicieron horas; comenzó a asomarse el sol por el pico de los árboles. El canto de las aves los alertó.

—¿Sabes? Ahora me doy cuenta de que nunca debimos conocernos —dijo Rafael—. Creo que pudimos haber hecho estas cosas realidad si no estuviéramos juntos. Si lo notas, en ninguna de esas vidas estás conmigo o yo contigo. Creo que me atraes por la misma razón que no podemos estar juntos. No cambias. Lo cual significa que tengo un problema aún mayor que el tuyo.

—No podría estar más de acuerdo —dijo Pandora—. Quizás no podemos adaptarnos a nuestras deformaciones. Nos obligamos a estar juntos en lugar de ser felices.

Sin despedirse, se marcharon uno del otro. Ella tomó la avenida hacia la casa de sus padres; él caminó por toda la ciudad, no hallaba rumbo, sentido, intentaba aclarar la mente, buscándola a ella como respuesta. Recordó cuando le habló por primera vez. En aquella época, Pandora solía ir los fines de semana por café matutino. Los meseros, al momento de pasarle su sándwich, la notaban absorta leyendo a Virginia Wolf; terminado su capítulo, acomodaba el vestido floreado que tanto le encantaba y se iba felizmente en bicicleta. Una tarde de esas, se dirigió al cine donde Rafael, en la fila, se admiró al contemplar sus piernas largas y morenas y su rostro sonriente al pedir una entrada para la función de culto. Fue en el momento que le dijo a sus espaldas: “Al final de cuentas no es una película tan buena”, y ella le respondió: “¿Acaso eres cinéfilo?” Habían pasado todo el día dialogando sobre teorías ridículas.

Al marcharse del parque, Pandora se dirigió a la casa de sus padres. No saludó a nadie y fue a su vieja habitación. Ahí permaneció cabizbaja, sollozando, bloqueando el sonido de sus gritos contra la almohada. La rabia confundía sus sentimientos. Entonces recordó que había un hueco en la pared capaz, quizás, de responder a su incertidumbre. Se asomó y volvió a verse: esta vez brindaba con un grupo de desconocidos, quienes le aplaudían y la alababan por el brillante discurso que acababa de dar. Al despegar la vista, una extraña sensación se apoderó de ella. Aunque tenía años que no bebía alcohol, fue a la barra de la casa por una botella. Con el primer trago, apaciguó la confusión; se emborrachó.

Rafael, de tanto caminar, le había dado la vuelta a la ciudad; sin darse cuenta, regresó al parque donde había empezado todo. No se veía a nadie por el sitio; tanteando entre la hierba buscó el árbol de la noche anterior, miró por el agujero. Se vio caminando sobre una alfombra roja, los flashes de las cámaras como estrobos dilatando sus pupilas. Todos le pedían su autógrafo. Sonreía extasiado.

Tanto Pandora como Rafael continuaban alimentando sus egos por el agujero negro. Ella conducía un Rolls-Royce con dirección a su mansión. Llegó, entró a casa, se dirigió al bar y se llenó una copa con Dom Perignon. Mientras, en su realidad, Rafael llamó al mayordomo y no recibió respuesta. No había una sola alma en la residencia. Furioso, tomó la cartera y salió en busca de cigarros. En el trayecto, apareció un enorme perro negro frente a sus ojos. Aterrado, huyó despavorido. El perro lo seguía. Rafael corría, atravesando calles y jardines ajenos. El perro continuaba su ritmo detrás de él. El hombre divisó una cerca y se trepó por ella; con miedo, tocó la puerta de la mansión frente a sus ojos. Pandora, bebiendo vino en su sala, oyó que alguien de repente llamaba. Rafael tocaba desesperado. Ella dejó su copa y abrió. Ambos quedaron asombrados.

—Pandora —dijo él—, he estado enamorado de ti desde que te vi en la universidad. Quisiera no haber hecho todo lo que he vivido sin ti. Odio mi éxito, odio mi vida perfecta, odio mi riqueza, odio al perro que está ahí afuera. Desearía que no me hubieses olvidado y nunca he dejado de pensar en todo aquello que pudo haber sido.

Temblando, ambos retiraron la mirada de los agujeros negros y corrieron uno al encuentro del otro. Pandora lo vio primero. Besada, lo besó.

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