Colectivo Cuenteros| Perspectivas

El llamado de Dios puede llegar a parecer inusual o azaroso. Pero si hoy soy pastor, no es por la comodidad, el estatus o los lujos —que si bien no he rechazado, tampoco fomento, como lo hacen otras religiones—. No. Soy pastor porque fui llamado a serlo, aunque de manera nada ortodoxa. La anécdota puede contarse desde varias perspectivas, pero lo más práctico, creo, es contarla desde la mía.

Ocurrió el mediodía de un domingo en que caminaba hacia la avenida. La claridad del sol resultaba molesta. Ni siquiera los perros callejeros se atrevían a pasearse en medio de aquel calor seco. Como si Dios, nuestro señor, guardara a las almas buenas en sus casas para protegerlas de todo mal. Ese pensamiento me tranquilizó. Sonreí.

A una cuadra más o menos, vi a una señora seguida de una marimbita de niños. Vestía un traje típico y cargaba a un bebé en la espalda. Volteaba para varios lados como si tratara de ubicarse para decidir a dónde avanzar. Cuando nuestras miradas se cruzaron, tuve una sensación muy rara y muy rápida que no supe interpretar. Eso me dejó un mal sabor de boca, como cuando un recuerdo está a punto de llegar y no llega y uno se queda con la frustración de no poder atraparlo.

Ese día, yo vestía una camisa Pierre Cardin blanca, recién planchada, y pantalones de vestir. Me había puesto perfume y gel y me había afeitado a conciencia. Tenía entonces 20 años y algo de vanidad había en mí, lo reconozco. Recuerdo que aprovechaba los vidrios opacos de los autos estacionados para acomodarme el cabello y probar mi sonrisa.

Para ahorrarme el hospedaje, cuando pasaba unos días en la ciudad me quedaba en la casa que rentaban unos hermanos —una pareja de recién casados— en una colonia cerca de nuestro templo. Nos gustaba que fuera una de las pocas que no tuviera una iglesia católica. No era una colonia cerrada, pero tampoco de fácil acceso. En auto, la única entrada era por el poniente —del lado del río— y como peatón sólo había dos salidas hacia la avenida. Yo evitaba la que llevaba a la estación abandonada del ferrocarril porque algunos malandrines —jóvenes de mi edad pero con prendas negras, peinados exagerados y el cuerpo lleno de piercings y tatuajes— incomodaban el paso. La otra salida era por el canal, que se cubre y pavimenta con ladrillos rojos en la última calle. La señora avanzó con pasos inseguros hacia esa ruta.

Los niños —dos chicos y dos chicas de entre 3 y 7 años— vestían playeras descoloridas y pantalones sucios y holgados, seña clara de que habían pertenecido a sus hermanos mayores. Por ratos se detenían a jugar en medio de la calle. La señora los apuraba sin que ellos hicieran caso. Cuando veían que su mamá había avanzado un poco, corrían para alcanzarla.

Siempre he sido de buen corazón. Un claro ejemplo es que mi primer impulso fue proteger a esas personas que no conocía. Intuí que no vivían ahí. Tal vez venían del lado del río y pensaron que podían cruzar la colonia para llegar a la avenida.

Antes de llegar al canal había un callejón que permitía cruzar la última cuadra y las vías en diagonal; sin embargo, se utilizaba poco porque desembocaba en el patio de una tienda y los borrachos se sentaban ahí a consumir sus cervezas. Yo tomé el atajo un par de ocasiones y no observé nada raro, pero los vecinos no veían con buenos ojos la zona. Se contaba que a veces se ponían agresivos, molestaban a los peatones y que, incluso, habían intentado algún robo.

Di por sentado que la señora no conocía la zona. Deseé que se fuera directo hacia el canal para no tener que pasar con los niños frente a esos tipos. Pude haberles gritado para avisarles, pero yo era un extraño para ellos y tal vez los asustara. Así que avancé hacia ellos para acompañarlos y protegerlos simplemente con mi presencia. Pensé que si los borrachos veían a alguien más, no se atreverían a nada.

En ese tiempo, mi flojera era más fuerte que mi fe. Aunque me lo pidieron muchas veces, no acudía con los hermanos a predicar, por lo que no conocía a los vecinos ni ellos a mí. Cuando los hermanos me cuestionaban esa falta de interés, solía decir que no había sentido el llamado. La frase, que algunos interpretaban como muestra de humildad y otros de cinismo, se volvió común en nuestras tertulias y siempre nos arrancaba alguna carcajada.

Cuando la mujer descubrió el callejón, lo señaló con cierta urgencia. Los niños la siguieron. Una de las niñas, que se había quedado retrasada, alcanzó a los demás justo en la entrada. Yo apreté más el paso para no perderlos de vista. Prácticamente corrí los últimos metros. La señora cargó como pudo a otro de sus hijos y éstos voltearon a verme una vez más antes de echar a correr. Ahí entendí que huían de mí.

También entendí por qué no había podido interpretar aquella sensación minutos antes. No había logrado interpretarla porque no era mía sino de la señora: cuando me vio por primera vez, sintió miedo.

Desde su perspectiva, todo era diferente. Ella atravesaba con sus hijos una colonia de calles vacías cuando apareció un hombre que le provocó un sobresalto. No había nadie a quién acudir o a quién pedir ayuda. La salida más rápida era el callejón, pero el hombre incluso corría para alcanzarlos. Sabrá Dios qué tipo de malhechor la seguía.

Disminuí un poco el paso, consciente de mi error, pero entonces, otra incomodidad mayor me invadió. Yo mismo habría desconfiado de alguien que me siguiera y que yo viera sospechoso, pero me pareció absurdo que la señora desconfiara precisamente de mí. Mi facha no era la de ningún delincuente. Sin embargo, cuando un vidrio polarizado reflejó mi imagen, pude ver, por el rictus que afloraba en mi rostro, que la molestia se había convertido en enojo. Sin saberlo, la señora y sus niños me habían insultado y sentí ganas de cobrarme la afrenta.

Traté primero de serenarme y busqué en mis recuerdos algún pasaje bíblico que me devolviera la tranquilidad; pero, influenciado quizá por las campanadas de alguna iglesia lejana, lo que llegó a mi mente fueron imágenes propias del catolicismo: seres deformes, con cola, cuernos y patas de machos cabríos.

También me llegó de pronto la conciencia de que nadie me conocía en la colonia. Me sentí impune.

Entonces desfajé mi camisa, alboroté mi pelo y corrí tras ellos haciendo las muecas más estrafalarias que se me ocurrían. Como no volteaban, opté por la risotada falsa —¡JA JA JA JA JA!—. Las paredes del callejón ayudaron con el eco. Cuando alcanzaron el final, yo ya me había detenido.

Tomé aire, alisé mis ropas y me acomodé el pelo lo mejor que pude. Había completado mi venganza y una gran satisfacción bañó mi cuerpo, como la ablución de un bautismo que expía los pecados y llena de la gracia divina. Todavía en estado de gracia, alcancé la salida del callejón. Un fétido olor a orines o a cerveza carcomió mi nariz.

Cuando llegué a la tienda, me encontré a los borrachos de pie, en posición de alerta: me estaban esperando.

Seguí adelante. No levanté la cabeza y no los vi a los ojos. Apenas si divisé a la señora y a los niños dentro de la tienda. Los beodos, en cambio, no me perdieron de vista. No sé cuántos eran. Algunos vestían ropa deportiva; otros, camisas desfajadas o playeras con estampas de Hulk y Spiderman. Otros más presumían, como grasientas ollas de barro, su voluminoso abdomen al desnudo. Uno de ellos empuñaba su propia botella como arma.

Cuando estaba por alcanzar las vías, el de la botella intentó atacarme por la espalda, pero logré detenerlo. Por desgracia, esa distracción fue aprovechada por los demás. Uno de ellos me golpeó en la cabeza y me hizo caer. Los otros se me abalanzaron.

Yo gritaba que no había hecho nada y que era un vecino de la colonia, pero, o no me escucharon o no quisieron creerme.

Me llovieron puntapiés y botellazos. Entonces —que Dios me perdone— empecé a insultarlos. Los llamé zarrapastrosos, pinches jodidos, borrachos de mierda. Lo que logré, fue que me golpearan más fuerte.

Antes de perder el conocimiento, alcancé a dar una mirada a la tienda. Creí ver (de eso no estoy seguro) que la señora se santiguaba.

Desperté en el hospital. Los hermanos estaban a mi lado.

—¿Cómo estás? —preguntaron.

—Ése fue el llamado —contesté.

Me respondieron con sonrisas y felicitaciones.

Desde la perspectiva de los hermanos, los borrachos habían intentado robarme, me resistí y me habían golpeado. Nunca los desmentí. Ni cuando juntaron las firmas de los vecinos para cerrar la tienda a pesar de las súplicas de los dueños.

Desde la perspectiva de Dios, fue un llamado tan inusual como necesario para atraer otro pastor a su rebaño.

Desde la perspectiva de los borrachos, ellos fueron los héroes.

 

Correo: [email protected]

Facebook: Colectivo Cuenteros

Twitter: @CCuenteros