Colectivo Cuenteros| Mujer dormida (última de dos partes)

—Oye, es muy buen logro llegar hasta aquí ¿no te parece? —Rodrigo hace cara de sorpresa, así que continúo—. La neta, no vale la pena arriesgarnos. ¿Qué tal si pasa algo?

—¿Algo? ¿Como qué?

—No sé, tengo un presentimiento.

—Qué presentimiento ni qué nada. Mejor concéntrate. Si ahorita te bajas sin tener un motivo real, no te vas a acabar la frustración.

Observo lo que tengo enfrente y visualizo la ruta. En terapia le llaman hacer contacto. Hay otra cruz, la de Guadalajara: una tormenta, una decisión equivocada y once chavitos se cayeron desde este pedregal, a solo cien metros de un albergue. Ahora quedó como señal, el recorrido es por la cruz. Me desplazo hacia allá, aseguro tres extremidades y muevo una; alternando pies y manos, logro subir un buen trecho. Veo para atrás y me siento sola y lejos. Los desfiladeros a los lados son abismales; ruedan unas rocas brincando hasta lo más profundo, como deben haber rebotado los once cráneos. En eso oigo a Rodrigo:

—Eeeeeeooooo.

Significa que ya está en la Rodilla. Me aplico para alcanzarlo y llego jadeando. Es prácticamente la mitad y ¡cinco mil metros! A partir de ahora, la travesía será a esta altura. La vista del horizonte convierte mi angustia en asombro. Rodrigo ubica los otros picos, el Nevado, La Malinche. Veo la piel del mundo y como él decía antes, tiene un tinte psicodélico. Nos faltan solo doscientos metros en altitud, pero tres horas en distancia, así que saco un chocolate y unas nueces. Él no quiere, todo le da náuseas; está tomando fotos cuando ve al grupo de ayer ya bajando por el Totonaco.

—Mira aquellos.

—Pues sí, está más fácil bajar por el canal de arena.

—Pero es un embudo de piedras que se desprenden de acá arriba. Mira, se ve clarito. —Con los dedos en la boca chifla lo más fuerte que puede, pero no lo oyen.

Rodeamos un cráter por una orilla muy erosionada que nos lleva hasta la Panza, flanqueada por dos pendientes que favorecen el paso de ráfagas de aire helado. Vamos dejando una línea de huellas en la blancura impecable de la nieve, hasta la base del ombligo. Sin mochila y en cuclillas, nos deslizamos unos metros como en un trineo. Es lo más divertido, quizá lo único.

El sol, que en la mañana era delicioso, ahora es abrumador. Me obligo a dar veinticinco pasos antes de pararme a respirar, pero luego solo aguanto quince, luego diez, hasta que por fin, la cima nos obsequia trescientos sesenta grados de visibilidad, entre ellos la gran planicie, como le llamó Bernardino de Sahagún a este amplio y majestuoso glaciar: el Pecho. El punto más alto está en el otro extremo y la superficie está congelada, así que nos ponemos crampones.

En total, nos lleva casi seis horas alcanzar la cumbre de este seno cubierto de nieves eternas, y no estaremos aquí más de media hora. Se han juntado unas nubes blancas y entre ellas se deja ver la Cabeza, una mole de roca y tierra con cabellos de hielo. Estoy feliz. Levanto los brazos y me pongo para la foto haciendo la “v” de la victoria. Luego una juntos. Cuando nos damos el abrazo de la cumbre, mi compañero me dice que con este viaje se despide de la volcana; eso me duele. Al otro lado, el Popo, el amante de la leyenda, exhala una fumarola blanca que se levanta muchos metros hacia el cielo, dejando un fuerte olor a azufre.

Regresamos por los mismos lugares, solo que ahora la niebla los hace fantasmagóricos. Debo tener cuidado. Sigo eufórica, pero ya estoy cansada. La temperatura baja de golpe y todo se cubre de nieve: los farallones, el camino, el bigote de Rodrigo. En el puesto de registro nos preguntan si vimos al grupo de cuatro. Explicamos dónde estaban la última vez que los vimos. El de rescate hace una mueca y le ordena a su equipo que se alisten para subir. Nosotros no sabemos bien qué hacer.

—¿Podemos apoyar en algo?

—Pues llevarse a esos dos que van para Amecameca a dar el reporte allá. Estaban esperando a los otros. Uno está muy alterado.

Rodrigo se va a hablar con ellos mientras yo le doy la mano al rescatista y le deseo que todo salga bien. Invoco al teporingo de la suerte y sintiéndome a dos corazones, sigo mi camino. Me llevo la inutilidad conquistada y una rosa de las nieves. Miro de nuevo la montaña envuelta en niebla, agradezco a la diosa y me prometo regresar.