Colectivo Cuenteros| El vigía (última de dos partes)

Estábamos en el patio en un ensayo para el evento de clausura, tuve que ir al baño y al entrar la vi en el suelo, abrazaba sus piernas y lloraba inconsolable. Le pregunté qué le ocurría; con una voz apenas audible, respondió que no saldría a bailar porque únicamente lo hacía con su padre.

“Cuando estamos a solas me pide que baile para él, me sonríe, se acerca, acaricia mi espalda y lentamente me quita la…” Sus palabras fueron interrumpidas por la profesora, que en ese momento entró muy molesta. No vio que yo también estaba ahí, fue directo con ella, la levantó del suelo y la sacó a rastras al patio; mientras la llevaban, alcanzó a mirarme y se llevó el dedo índice a la altura de los labios; yo comprendí la orden del ojo, nunca le comenté a nadie las palabras que me dijo. Al siguiente ciclo escolar, ya no regresó.

Años después, tendría 15 o 16 años. Mi padre volvió a casa de un extenso viaje y mi madre se dispuso a preparar una cena digna de bienvenida. Estábamos en el supermercado; mientras buscaba algo en unos anaqueles, me sentí observada. ¿Katherina? No, ese tampoco era su nombre. Cruzamos miradas y de inmediato supe quién era. Sus ojos tristes enmarcados en un rostro perfilado se acercaban a mí; ella también me reconoció, estaba tan cerca que vi sus labios abrirse para dirigirme las palabras. En ese instante, mi madre apareció y me riñó por hacerla perder el tiempo; me alejé y al volver el rostro, esos ojos seguían ahí, no se desprendieron de mí hasta que me perdí en los pasillos de ese lugar. Salí llevando a cuestas el recuerdo de su afligida expresión, aunque la olvidé con el pasar de los días.

Transcurrió el tiempo, un día me enfermé y tuve que ser hospitalizada de emergencia. Fue una cirugía sencilla y no permanecí mucho tiempo en cama. Estaba aburrida y sola, por lo que salí a caminar por los pasillos del hospital. “Es la niña que se desmayaba en la escuela; está en una habitación de este piso”. En ese momento, para mi madre era más importante leer su revista que escucharme. “Por suerte, la encontraron antes de que la sangre fluyera a través de sus muñecas”. Ni ahondando en el detalle de cómo intentó suicidarse, logré que mi madre me pusiera atención. Sin embargo, pensé que sería buena idea visitar a mi antigua compañera de clase, pero al llegar a la puerta no tuve el valor de entrar y seguí de largo.

Todos estos recuerdos se agolparon en mi memoria, y se dispersaron cuando la voz al otro lado de la línea respondió.

—¡Diga, bueno, bueno!

Colgué el teléfono sin decir nada. Necesitaba quitarme la desazón de aquellas imágenes. Me dirigí al baño, mojé mi rostro, y levanté la vista al espejo. Los ojos y las arrugas que ya surcan mi blanca piel, el cabello oscuro y lacio que cae firme alrededor de mi cara.

“¿Por qué no puedo recordar su nombre?”

“¿Por qué me obsesiona recordar su nombre?”

Tomé jabón y lo esparcí entre las palmas de mis manos, la espuma perfumada crecía, el aroma a cítricos invadió mi nariz y mis recuerdos. “Así olía la habitación de mis padres”. Froté mis dedos para quitar las manchas de tinta, coloqué mis manos bajo el chorro de agua. Al ver los restos de jabón deslizarse por el lavabo, la revelación llegó. 

¿Cómo pude olvidarlo? Si nuestros nombres eran casi iguales. Yo soy Mónica y ella era Monike; siempre pensé que se escuchaba mejor la pronunciación de su nombre que el mío. Volví a contemplarme en el espejo, éramos tan parecidas, y no solo en el aspecto físico. 

Yo también me desmayé en la escuela, ¡Pero solo fue una ocasión! También solía bailar para mi padre; pero él no era capaz de hacerme algo malo. No, nunca lo hizo. Lo acompañaba a su habitación donde ponía La Coda de Odile, la melodía empezaba, yo giraba. “Eres mi pequeño cisne”. Luego se acercaba, sus manos recorrían mi espalda, sonreía, él veía todo, él lo sabía todo… tal como dijo ella.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, el agua fría seguía cayendo sobre mis manos. El diminuto ojo permanecía en mi dedo índice. Al mirar la cicatriz en el anverso de mi muñeca, recordé las palabras de mi madre después de encontrarme en el suelo del baño.

—Diremos que te enfermaste. Nadie debe enterarse de lo que pasó.