Colectivo Cuenteros| Campo de melones (última de dos partes)

Cerca de la medianoche, oye un ruido en el campo. Ni siquiera está recostado, sino sentado en las sucias escaleras de la entrada de su casa. Se mueve con una delicadeza inusual en él. Coloca el rifle en su hombro y dispara. Siente que acertó, así que se acerca de prisa para ver al animal sin vida. Pero no hay nada. Sus suaves movimientos son los de una madre buscando a su hijo perdido: mira desesperado por todos lados, levanta hojas, patea raíces y tierra, pero no encuentra coyote alguno. Harto de buscar, se queda inmóvil unos segundos. Sin poder evitarlo, suelta el rifle. Deja caer sus manos al suelo, seguidas ellas por el resto de su cuerpo. Viendo hacia la luna, lanza un grito de desesperación. Su paciencia se ha terminado. Ha luchado ya durante varias noches contra ese coyote y no logra deshacerse de él. Es como si un raro dios, el mismo que le ha enviado desgracias durante toda su vida, ahora le juega una última y cruel broma.

Tres noches después, con la mirada vacante y desganada, Julián está acostado en su hamaca. La luna llena tiende su luz sobre el campo, como invitándole a inspeccionarlo nuevamente. Percibe un olor a uva podrida que lo obliga a recordar, ahí desparramado, aquellos años en la gran casa vinicultora de Parras.

-Tantos años que corté uva para ellos y nunca probé el vino que hacían, pues eso era para los riquillos, ¿no? Así me decían. Y cada vez comprando más y más terrenos para agrandar el viñedo. Y cómo es la vida, ¿no, vieja? Aquella noche que andaba de velador -sí, a veces, nos ofrecían el puesto a los cortadores- y atrapo de las orejas a esos chamacos que se metieron a los campos para jugar. Y años después, ¿qué pasó? Ellos se convirtieron en los dueños de la empresa que terminaron corriéndome. No parabas de llorar. ¡Ay, mujeres! Todo lo creen solucionar con lágrimas. “Recorte de personal”, dijeron. Sí, cómo no. Ni que fuera yo pendejo. Fue por viejo, lo sé.Olvidaron los cuarenta años que corté uva para ellos, todo para hacer mucho vino para muchos riquillos.

De pronto, vuelve a escuchar esos ruidos que él, después de tantas noches de análisis, ya asocia con los movimientos del coyote. Toma el rifle, se concentra en el campo, busca en la siembra entre las hojas que cubren a los melones, y le parece verlo. Apunta y, aunque la presa brinca y baila en la mira, detona el fusil sin pensarlo.

Un aullido de muerte penetra sus oídos.

-Hijo de la chingada. No tenía derecho a quitarme más. Esos son mis melones y he trabajado mucho por ellos.

Julián ha vencido. Pero en su victoria está mezclado mucho cansancio, tanto que no tiene fuerzas para ir a recoger el cuerpo del coyote. Por la mañana, puede desollarlo y vender la piel fácilmente en el mercado. Después de tantas noches de haber maldormido en la hamaca, puede entrar a su casa. Guarda el rifle en el armario y se acuesta en su cama vacía, solitaria.

-¡Cómo me haces falta, Sandra, carajo! Pero ya necesito dejar de hablarte. No es que no lo acepte, como dice tu comadre. Pero es que, si no es ahora, ¿cuándo te digo que te quiero, vieja? Si ya no estás aquí para escucharlo.

Al fin duerme sin pensar en el coyote. Cuando se despierta, va a aquel lugar donde ha caído sin vida el ladrón vencido. Pero no lo encuentra. Supone que alguien lo ha robado para hacer negocio con la piel, y que hasta ha escondido todo rastro de sangre. Así que sale, con fusil en mano, gritando por todo el pueblo, reclamando el cadáver a lo largo y lo ancho de las calles de Parras.