Colectivo Cuenteros| Campo de melones (primera de dos partes)

-Tu comadre dice que no es bueno que ande yo solo, que debería salir un poco más. Dice también que vaya yo a Parras, que ahorita está la feria. Que el sábado es la coronación de la reina. Le dije que lo iba a pensar. Tú, más que nadie, sabes cuánta hueva me da ver a una escuincla mandando besitos, hablando de la paz mundial en un lugar donde manda el narco, y diciéndonos “queridos súbditos”, como si ella nos diera de tragar. Además, aquí en la casa, tengo a ese pinche coyote. Van tres noches seguidas que el canijo se chinga melones. Ya me hizo encabronar. Ayer, le compré a Don Jacinto un rifle. Está viejito y bien pesado, pero sí funciona. Lo calamos con unas latas y, aunque la puntería de Don Jacinto da tristeza, al menos probó que no fue culpa del fusil. Necesito matar a ese animal. Vicente ya me dijo que se está pagando bien el melón y no pienso perder dinero por ese coyote infeliz.

Con los pantalones azules desgastados y aquella camisa que Sandra, su esposa, le obsequió; fatigado, irritable y ajeno a la vida del pueblo, Julián pasa las noches tendido en su hamaca. No es que ahí duerma siempre, pero desde que descubrió que aquel coyote se estaba comiendo los melones de su campo, dejó su cama y casa. Ahora, pasa las noches en vela, aguardando la llegada del depredador.

La gente del pueblo suele callar sobre algunos acontecimientos, como las camionetas que pasean de noche, los hombres que bajan de ellas a tomar cerveza mientras escuchan narcocorridos a todo volumen en la que alguna vez fue la plaza del pueblo, y las muchachas invitadas a subir con ellos y que nunca más se les vuelve a ver. Pero sobre los habitantes, sí que tienen una opinión; en cuanto a Julián, dicen que se volvió loco. Que ese coyote es un invento suyo, pues hace años que no se ve a un animal así en la zona. Él, por su parte, sabe lo que vio; incluso, está seguro de que, una noche, se acercó a la siembra. Al verlo, se levantó lo más rápido que le permitieron sus viejas rodillas. Sigiloso, levantó el arma, apuntó lo mejor que pudo en medio de la obscuridad y dio un disparo sin vacilar. Falló. Después, creyó escuchar una risa burlona, o quizá había sido el viento moviendo las ramas de los árboles. Esa noche, por más alerta que se mantuvo, no volvió a ver al coyote.

-No sé por qué, vieja, pero presiento que hoy sí me echo a ese hijo de la chingada. Ya fueron varias noches así: lo escucho, lo busco por todo el campo, pero no veo nada. Sé que anda por ahí, el muy ladino. Si no, ¿cómo es que en la mañana encuentro pedazos de melón mordisqueados? ¡Ah!, porque ni siquiera se los come completos. Muy especialito el cabrón. Bueno… la verdad, no puedo culpar a los melindrosos. Yo siempre fui medio especialito también con la comida, pero es que no friegues, Sandra, cuando nos juntamos no sabías ni amasar la harina para las tortillas. ¿Te acuerdas que te tuve que enseñar? Si mis compas me hubieran visto, la burla que me hubieran hecho. Aunque eso sí, de tu caldito de queso jamás me quejé. Ese sí te quedaba chingón. Bien picosito.

Esta vez, Julián está seguro de poder matar al ladrón de melones. Se siente muy preparado. Sin embargo, después de un rato en vigilia, no aguanta el sueño y cae profundamente dormido. Por la mañana, se da golpes en la frente con el fusil, lamentándose por haber sido vencido una vez más.

Para la siguiente noche, está más despierto que nunca: con antelación, tomó cuatro tazas de café con mucha azúcar y una Coca-Cola bien helada, una dosis será suficiente para pelar el ojo toda la noche. Mantenerse despierto es la misión más importante de su vida; tiene que mostrarle a Sandra, incluso a su edad, de lo que está hecho.