Tepanzacoalco mira al vacío

Emilio Morales PachecoEmilio Morales Pacheco

San Juan Tepanzacoalco, en la Sierra Mixe; sin apoyo y con temor.

SAN JUAN TEPANZACOALCO, SAN PEDRO YANERI, IXTLÁN DE JUÁREZ.- En lo recóndito de la Sierra Norte las viviendas se asoman al vacío. Los viejos cerros sostienen tímidamente las casas y escuelas.

Desde el terremoto del 7 de septiembre del 2017 los sismos y réplicas no han cesado. Al contrario, cada vez son más recurrentes y amenazantes.

- Aquí estaba acostada cuando tembló, me dio mucho miedo, dije "aquí es mi suerte y aquí me quedo"-, recuerda doña Juquila mientras postrada en una cama cubre con sus manos el vientre, el dolor la mantiene inmóvil.

- Ha seguido temblando, y creo que en cualquier momento todo se va a caer. No puedo caminar, estoy nada más esperando a ver a qué hora habla Dios, nuestro señor- manifiesta resignada y con la mirada suplicante.

La anciana no tiene fuerzas para moverse, el suplicio de una enfermedad que desconoce la orilla solamente a observar lo que pasa dentro de las cuatro paredes de su humilde hogar.

- Cuando pasó el terremoto se cayeron las tejas de la casa que está a un lado y me quebró un polín; no he podido reparar porque ya no veo bien- abunda por su parte, don Flavino, su esposo.

Fatalismo

La pareja rebasa los 70 años de edad. Los fenómenos naturales que han azotado la entidad les hace recordar que solo se tienen ellos mismos, pues no hay nadie que pueda asistirlos.

- Dios no nos quiso mandar ningún angelito- dice con resignación don Flavino, su frente se tensa y los lentes oscuros no permiten divisar su mirada.

El fin

La noche del terremoto, recuerdan, dieron por hecho que sería el fin. Todo se caía poco a poco, su casa comenzaba a agrietarse.

- "Allá atrás también se reventó. Me dio mucho miedo"-, insiste doña Juquila.

Su esposo detalla que las autoridades del Gobierno visitaron la comunidad, San Juan Tepanzacoalco, pero no su vivienda.

"Vinieron a censar pero no pasaron por aquí", dice estoico.

Con la misma serenidad, relata que viven de la venta del maíz, pues su estado de salud ya no le permite trabajar en el campo como solía hacerlo.

-A veces el comisariado viene a dejarme leña porque sabe que ya no puedo salir a buscar.- explica.

La angustia

Doña Juquila, por el contrario, tiene un semblante angustiado. Su mirada es melancólica y, postrada en la cama, cuenta los pesares que la hacen pensar sólo en el momento de su muerte.

- Yo estaba (inscrita) en Prospera, pero me dieron de baja porque falté a dos citas. El doctor ya no quiere ayudarme, mandé a pedir medicinas para mi dolor en el vientre pero quiere que vaya hasta allá, pero ¿cómo?- cuestiona- si ya no puedo caminar.

La mujer cruza sus delgados brazos, el cuerpo pequeño y frágil no contrasta con el bulto que la cobija cubre en su vientre, tiene dolor; entonces, dirige su mirada hacia una improvisada rendija que el sismo de 7 de septiembre ocasionó cuando hizo volar una lámina.

"Me da miedo que se caiga la casa de allá arriba, me da mucho miedo. Ni modo si me muero", culmina con un hablar agudo y penetrante.

Pavor comunitario

Derivado del terremoto, ese sentimiento de aprensión no es exclusivo de la pareja de ancianos; el pavor persiste en toda la comunidad. Las lluvias, sismos y réplicas y la accidentada orografía no permite estar en paz.

Éxodo

Doña Maurina observa toda la comunidad desde las alturas del patio municipal. Ella y su esposo, un regidor, también tienen que seguir contando de aquel 7 de septiembre.

- Se murió primo y nos salimos de la casa, muchos se salieron y se vinieron al municipio -, expone.

Señala que más de 10 casas resultaron con daños, pero el apoyo institucional prometido, hasta la fecha, no ha llegado.

-Mandaron un papel diciendo que van a construir las casas que se echaron a perder pero quien sabe qué tiempo más tarden- dice.

Su casa tiene una fisura, pero no carece de "dinero y tiempo" para repararlo. - Todas están igual, allá, en la orilla de la carretera, a un señor se le cayó completita-.

La tragedia

Alma Velasco perdió a sus dos padres hace un año. La casa fue destruida y solo quedó en pie un cuarto de losa.

-Lo demás era de adobe; ni fotos se pudieron sacar, todo se perdió- menciona.

Alma, al igual que el resto de los lugareños, señala que los apoyos que las autoridades gubernamentales tanto estatales como federales prometieron, a un año del terremoto no se han entregado.

-Vino el Gobernador, pero yo no quise salir, no tenía ánimos y estábamos viendo lo del acta de defunción. Sé que pidieron el apoyo pero no hemos recibido nada-

El temor es un sentimiento ya enraizado en San Juan Tepanzacoalco, así como el salir adelante con sus propias manos, es una práctica casi consuetudinaria.

-A cada rato tiembla, casi diario, más en las noches. Estamos alertas porque tenemos miedo. En todas partes están volando las casas, las escuelas. Gracias a Dios hemos avanzado por nuestra cuenta- culmina.