Mientras la gran parte de la comunidad Jalapa del Marqués apenas estira los pies y el sol empieza a calentar las calles, en la presa Benito Juárez la jornada ya dio inicio.
Desde muy temprano, decenas de pescadores se adentran en las aguas en busca del sustento diario, una labor donde la paciencia, la experiencia y el conocimiento del viento y la corriente lo son todo para ganar el centavo.
Para muchas familias de este municipio istmeño, el embalse representa el motor principal de su economía. Uno de los hombres que personifica este esfuerzo diario es José Iván Cruz, pescador artesanal que recorre la presa a bordo de su cayuco.
Con ingenio, José Iván transforma garrafones de plástico desechados en eficientes trampas para capturar chacales, evitando así realizar grandes inversiones en equipo comercial.
“Cada tres días revisamos las trampas. Hay veces que saco hasta siete chacales en una sola trampa; hay líneas donde puedo sacar hasta treinta o cuarenta chacalitos”, explica Cruz, reflejando el fruto de una constancia que se hereda de generación en generación. Tras permanecer sumergidos varios días, estas trampas se convierten en la garantía de alimento e ingresos para su hogar.
Además de su destreza con la atarraya, este pescador jalapeño ha encontrado en la tecnología un aliado inusual. A través de su teléfono celular, documenta las faenas diarias y las comparte en redes sociales, una iniciativa que ha acortado distancias con la comunidad migrante.
“Me gusta subirlo a las redes porque muchos amigos que están fuera del estado me preguntan cómo está la pesca y así pueden seguir viendo lo que hacemos aquí”, relata con orgullo.
La pesca en Jalapa del Marqués, entre temporadas de abundancia y escasez, sigue firme como un pilar de identidad. Historias como la de José Iván Cruz demuestran que, combinando la tradición del oficio con el ingenio comunitario, la presa Benito Juárez no deja desamparados a los hijos del Istmo.
