Mexicápam, Oaxaca: el amor después de la muerte

EMILIO MORALES PACHECOEMILIO MORALES PACHECO

Paz, tristeza y recuerdos de quienes pasan el día en la tumba de las personas a quienes amaron

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Como si fuera una fiesta, cargan con todo lo que necesitan para disfrutar de la estancia

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También hay tumbas sin visitar

Como si fuera un domingo familiar en el que la casa de la señora Isabel Hernández se alegraba con la visita de sus hijas, hijos, nietas, nietos, sobrinas y toda aquella persona que quisiera visitarla, ayer el panteón de la agencia municipal de San Martín Mexicápam se convirtió en el punto de reunión para recordarla.

Cargando flores, sillas, comida o incluso el cartón de cerveza, como cada segundo lunes de noviembre, su hija Severiana García Hernández, de 82 años, cumplió con una cita que le permite demostrar el amor después de la muerte.

Costumbre heredada

Sentada en la tumba de su suegro y nieto, Felipa Aguirre pasó el día en el panteón. FOTO: Emilio Morales

Sentada bajo la sombra de un manteado que colocaron sus hijos para mitigar el sol, aún en un día frío, ella recuerda que está costumbre la aprendió de su madre, quien desde hace 30 años venía a pasar el día en la tumba de su esposo Tomás García.

Así lo hicieron 22 años, hasta que la señora Isabel murió hace ocho. Entonces, Severiana tenía dos personas a quien recordar, por quien traer veladoras, flores y comida.

Cuando comparte sus recuerdos, la tristeza aflora por sus ojos que han mirado tanto; las lágrimas le cortan la voz y se vuelve un mar de emociones centradas por un solo sentimiento que no ha cambiado nada: “La extraño”, dice sin dudar.

La tristeza merma un poco mientras su familia se empieza a ensanchar y a reunirse alrededor de la tumba de su madre Isabel. Su nieto Jason Yereth Pérez Domínguez, de 16 años, ha traído una bocina para que la música alegre el ambiente.

Canciones de Los Cadetes de Linares o Las Jilguerrillas que saben le gustaban a la bisabuela Isabel son parte del repertorio. “De las que nos acordamos que le gustaban”, dice Fernando Pérez Cruz, quien ha traído el tripie para la pequeña bocina plantada en medio de la tumba cubierta de tierra y flores.

Cruces adornadas con flores de plástico y popotes, flores de la temporada, alimentos, juguetes o cerveza es lo que suelen colocar en las mil 900 tumbas de este panteón, con sus pasillos casi inexistentes.

Tristes recuerdos

Una cruz con flores hizo Jimena, para que su hijo Uriel aprenda a venir cada segundo lunes de noviembre. FOTO: Emilio Morales

Si el amor o la tristeza se pudiera oler, quizá olería a flores, copal o incienso, ese ambiente que hace que a Felipa Aguirre, de 78 años, le broten lágrimas cuando recuerda a quienes vino a hacerles saber su presencia.

“Quizá no los veo, pero quizá el alma de mis difuntos sientan mi presencia”, dice sentada sobre una tumba donde está enterrado el cuerpo de su suegro Félix, quien murió de cáncer o metros más arriba un nieto del mismo nombre, que asesinaron hace nueve años.

En la tumba de su izquierda es donde está su mayor dolor, su hija Felipa, que por problemas del corazón murió a los 18 años, hace 60 años atrás.

También en esa tumba hay más familiares a quienes recordar: su nieta Laura que se suicidó a los 20 años y su nieto Crispín Cruz, a quien un 1 de enero de hace dos años lo asesinaron mientras ofrecía sus servicios como taxista, a quien hoy le ha traído una cerveza.

A sus cinco difuntos les recuerda, les trae flores y veladoras, pero lo más importante, les dedica más de ocho horas de su presencia. La acompañan algunos de sus hijos, nietos y una de sus nueras.

Entre cantos y flores

Flores de la temporada para quienes vienen a visitar a sus fieles difuntos. FOTO: Emilio Morales

Desde que abre sus puertas a las 6 de la mañana, el panteón de esta agencia municipal empieza a recibir a personas que pasan todo el día aseando la tumba de sus familiares y la convierten en la mesa de centro de una casa donde la fiesta empieza.

Si quieren música en vivo, Ever Raúl y Fredy López Santos es un dúo de hermanos que por 40 pesos ofrece una melodía que acompañan con acordeón y guitarra.

Ambos llegaron al mediodía con zapatos, sombreros y pantalón del mismo color y camisa con el mismo estampado. “Te vas ángel mío”, “Cruz de madera” y “Un puño de tierra” son las más pedidas.

Domitila Mora Velasco, su hermana Guadalupe y su esposo Julio Velasco, prefieren la quietud. Desde que el papá de ambas, Miguel Nora Juárez, falleció hace 28 años, asisten cada segundo lunes de noviembre a desayunar y comer en la tumba donde también está enterrada su madre María Magdalena Velasco Cruz.

“Acompañando y recordándole, pero sobre todo cuidando las tumbas para que no nos la quiten”, dice Domitila mientras el panteón se empieza a poblar de vivos que “quizá por el frío” del día tardan en venir.

Afuera, una verbena

Un puño de tierra, entre las canciones más solicitadas a los músicos. FOTO: Emilio Morales

Jimena Brito no pasó las horas en la tumba de su suegro Bernardo Pánfilo, quien falleció hace dos años, pero sí quiso traer flores que colocó en cuatro floreros y dibujar una cruz con las de color morado, para que su hijo Uriel recuerde a su abuelo paterno.

Para ella es en esta fecha cuando el panteón recibe más gente que en el Día de Muertos. Así como adentro, afuera es una verbena.

Unos metros antes de llegar a la Avenida Monte Albán, el tráfico vehícular se interrumpe entre decenas de puestos en los que se pueden comprar flores, veladoras, cruces, comida, bebida y escuchar o contratar a un grupo musical. Cada quien elige cómo demostrar el amor después de la muerte.