Carta a Dulcinea | Última de dos partes

Colectivo Cuenteros

Sancho solicitaba pronta respuesta. La aldeana cerró los ojos, buscó las palabras y tras unos segundos de reflexión, colocó sus brazos en jarras y declaró con arrojo:

-Dile a tu señor que Aldonza Lorenzo no trata con locos y que vaya a otra que le haga merced con esas lisonjas, que soy mujer casada y decente, y lo suficiente bizarra para  no necesitar el auxilio de nadie en lo que a solucionar sus problemas se refiere, por muy caballero andante que sea.

Aldonza contempló a Sancho abrevar a su rucio en el pilón y marcharse cariacontecido del pueblo. El resto de la tarde la pasó llorosa y triste. Por fortuna, Celedonio había marchado a Tomelloso a realizar unos negocios y no regresaría hasta la noche.

A lo largo de aquella tarde interminable, la mujer no cesó de preguntarse cómo había llegado a su presente estado de postración.

Aldonza se casó enamorada de su Celedonio, que bien galante fue durante el cortejo, reservando sus crueldades para después de la boda, cuando creyó que los sacramentos sujetaban a su esposa a su dominio. Desde bien temprano, su matrimonio se aderezó con amarguras y su marido ya no ocultó sus defectos, ni su mal carácter, ni sus iniquidades. Y a poco a poco su esposo le fue comiendo la moral y el aplomo, llamándola boba a cada instante, diciéndole que no servía para nada, que había tenido suerte de encontrarse con un hombre como él, que la mantuviese porque ella era una muerta de hambre.

Y reconocía, para su vergüenza e incredulidad, que se fue achicando y amilanando con el tiempo, aceptando, poquito a poco, lo inaceptable, hasta que ella misma ya no conseguía reconocerse. Y hasta comenzó a vivir con miedo, pues a las palabras le siguieron, no mucho tiempo después, los golpes, sobre todo, las noches que llegaba borracho a casa. Y aunque quiso salir de aquel pozo, cada vez más angosto, nadie parecía querer ayudarla.

El cura, al que explicó sus cuitas en confesión, le recomendó santa paciencia y resignación cristiana; su madre le dijo que pensara en los niños y otras mujeres casadas de la aldea con las que trató sus pesares mientras lavaban la ropa en el río, le revelaron sufrir males semejantes, haciéndole notar que debía entender que el matrimonio no era como prometían los cuentos, así que nada de vivieron felices y comieron perdices.

¿Debía resignarse, como le aconsejaban?  No, ¡basta ya! Aquella carta había sido como una gran bofetada que la sacaba de su estado de aturdimiento. Tener que aguantar todo aquello, ¡con lo que ella había sido! “Yo, ¿una damisela? ¿un ser indefenso? ¡Pero que se ha creído ese demente!”, se dijo a sí misma.  Pensó en sus desdichas y en su determinación de acabar con ellas y le arrebató un llanto liberador, estaba decidida a que aquellas fuesen las últimas lágrimas que Celedonio le arrancase.

Aldonza, otrora mujer fuerte y decidida, no habría de aceptar nunca más la sumisión ni la resignación y menos frente a su marido, un pobre diablo frustrado, miserable y mezquino; tirano en el hogar, don nadie en la calle. Volvería a ser la mujer gallarda que fue y pondría fin a sus amarguras.

Aquella noche, Aldonza le preparó a su marido la cena sin pizca de sal. Celedonio, tras probar la sopa, se quejó que estaba sosa y adjetivó de idiota a su esposa por enésima vez.  La mujer vació el caldero de sopa caliente sobre la entrepierna del hombre. Celedonio gritó de dolor y en cuanto estuvo algo repuesto se dirigió hacia ella, entre sorprendido y furioso, con el propósito de agredirla, pero Aldonza, que le esperaba, le estampó el puchero en el rostro y en el mismo acto lo echó a patadas de la casa.

Y aunque, al principio, hubo en El Toboso quienes criticaron a Aldonza por tratar de aquella manera a su esposo, al final, comprendieron que le estaba dando mala vida y que se topó con lo que andaba buscando.

Desde aquella noch, Celedonio vaga por las tabernas y ventas de la comarca y, quejumbroso proclama, a quien quiere escucharle, lo malas que son las mujeres, especialmente la suya. Los paisanos se burlan de él, de puro patético que rumia sus quebrantos, y como la esposa le rompió la nariz, todo el mundo lo conoce por el apelativo de “el chato”.

En su nueva vida de mujer libre, Aldonza ha decidido que aprenderá a escribir y leer, tarea en la que Tomás se ha prestado a instruirla. No fuera que otro caballero andante volviese a dedicarle nuevas cartas de amor, letras henchidas de pasión, de las que sólo ha de gozar su legítima destinataria.

RECUADRO

Héctor Daniel Olivera Campos

Tercer seleccionado de la convocatoria del Colectivo Cuenteros

 Barcelona 1965, España, empleado municipal

Primer premio en los siguientes certámenes literarios: I Concurso de Microrrelatos ELACT (Encuentro Literario de Autores de Cartagena (2013); Cibercertamen literario Hypatia de Alejandría de literatura breve en su quinta y novena edición (2013) y (2017); III Certamen de Microrrelatos de Historia “Francisco Gijón” (2015); XI Premio Saigón de Literatura con el microrrelato (2017); XV Premio de Relato Corto “El coloquio de los perros” (2017); I Certamen de relato corto Té Cuento (2018); IV Certame contos de Ultramar (2018); XIV Concurso de Relatos de Viaje Moleskin (2019) y III Concurso de Relato Hiperbreve “Qué no nos jodan la vida” (2020).

"Dile a tu señor que Aldonza Lorenzo no trata con locos y que vaya a otra que le haga merced con esas lisonjas, que soy mujer casada y decente, y lo suficiente bizarra para no necesitar el auxilio de nadie en lo que a solucionar sus problemas se refiere, por muy caballero andante que sea".

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