Lecturas para la vida: Coronación

Coronaron a mi madre contra su voluntad, cuando era joven. La llevaron con engaños al pueblo, le pusieron un vestido que nunca le quedó y una corona de plástico en la cabeza. Ese día se volvió actriz, después de llorar todas las lágrimas de su infancia, mientras saludaba a los extraños desde una carreta alegórica con los fuegos artificiales rasgándole los tímpanos. En eso nos parecemos: el rechazo absoluto a los sonidos que escapan de nuestro entendimiento.

Le dijeron que iba a ver sus primos, que podría jugar con los chivitos y cortar flores. Ninguna de esas cosas parecía una recompensa. El amor por la tierra y el apego a la sangre terminó antes de su venida al mundo, cuando mi bisabuelo abandonó la suerte de hijo único y llegó a la ciudad sin mucho que perder. Mi bisabuela lo siguió porque era mujer y nunca había tenido nada que pudiera perderse.

Criaron a sus hijos al calor del concreto y algunos heredaron el don de hablarle a las plantas, pero Dios sabe que esos regalos solo pueden sobrevivir una generación sin el aire del campo. El castigo de mi bisabuelo fue perder una pierna. ¿Qué hará al final de los tiempos, cuando los muertos tengan que levantarse y andar?

Desde esa vez supo que su ombligo estaba en otra parte, que la nostalgia que le causaba aquel lugar fue de su madre y de su abuela antes de ella. No podía reconocer en ninguno de sus hermanos el semblante triste.

Debe ser algo adquirido en el vientre, una maldición que solo conocen las primogénitas y se disipa con el humo de los coches y la luz de las pantallas. En ella se manifiesta como el miedo a los cuadrúpedos.

Nunca la he visto acariciar a los gatos de la casa, llorar sus muertes; prefiere la gracia de las criaturas de hilo que adornan sus huipiles o las de metal que rodean sus dedos. Sé que le gustan los colibríes, cuando alguno llega a nuestro jardín me llama para que lo observemos juntas a través de la ventana, como si nos perteneciera de alguna forma. En eso somos distintas: a mí las aves me aterran. Si alguna vez tengo una hija, probablemente sienta pánico ante los insectos. Quizás, con suerte, no le temerá a nada...

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