Se fue Doña María del Carmen Aguirre, "la madre de todas las madres"

Una figura icónica en Oaxaca acaba de dejar este mundo: Doña María del Carmen Aguirre Toledano, dueña del bar “La Poblanita” -mejor conocido como “Las Madres”- falleció ayer en esta ciudad a los 93 años de edad.

Doña Carmen, como la conocía todo mundo, era originaria de Atlixco, Puebla, y heredó el oficio de cantinera de su señora madre, que inicialmente manejó el negocio en Constitución y Pino Suárez. Muerta su progenitora, Doña Carmen se hizo cargo del bar en la cuarta calle de Libres y finalmente en la calle de Refugio 911,  en el barrio de Jalatlaco, a dos cuadras del Panteón de San Miguel, donde la sorprendió la muerte.

Con los cambios de local de la cantina, iba tras ella la legión de buenos y malos tomadores acostumbrados a la mirada indulgente, a veces, y severa en otros casos, de esta mujer que se convirtió en un personaje popular.

Hace unos 40 años, en la promoción popular de Oaxaca, había una frase: “Quien ha venido a Oaxaca y no se ha tomado una agua fresca de Casilda, no ha saboreado una paleta Popeye y no ha comido en La Abuelita, no conoce Oaxaca”.

Años más tarde, ella resumió la frase de esta manera: “Quien vino a Oaxaca a chupar -porque aquí vienes a tragar y no a hacerte pendejo- y no se llevó una buena mentada de madre, ¡no estuvo en La Poblanita! Por eso a mi negocio también le llaman ‘Las Madres’, ¡y yo soy la madre de todas las madres, bola de pendejos!”, decía mitad en serio, mitad en broma.

Hasta “La Poblanita” arribaban gobernadores, funcionarios, políticos, empresarios, trabajadores, estudiantes y todo tipo de singulares personajes de esta ciudad y de otros lares, siendo atendidos con bebidas bien servidas y una excelente botana. 

Detrás de esos pequeños ojos y un rostro moreno surcado de arrugas se ocultaba una de esas mujeres llamadas “de pelo en pecho” por la bragada que era; mal hablada y con una voz potente que se escuchaba a 30 metros cuando algún cliente, por la ingesta de cucharadas se había pasado de modales, y ella le reprendía y lo echaba a la calle, por respeto para el resto de clientes, “gente tan distinguida, guangos mis compañeros”, y se reía estruendosamente.

“¡Aquí vienen a tragar", decía.

Cuando alguien era de su especial estima, arreglaba la mesa del comedor de su casa integrada a la cantina, y se oían cómo caían alegremente los hielos en los vasos y escanciaba el delicioso licor en las copas. Nadie osaba molestar a la jefa cuando era la anfitriona en estos encuentros de ‘relaciones sociales’.  

De cuando en cuando platicaba en la barra con los parroquianos, algunos de los cuales incluso la veían como una madre y hasta consejos le pedían, pero cuando los bebestibles hacían estragos en la humanidad de algunos, les pedía que abandonaran el local:

“Ya m’hijo, ya; ya estuvo suave... Tienes que irte y no estés haciendo desfiguros…”, pero como aquel insistiera en quedarse, doña Carmen arremetía con voz de trueno: “Te estoy hablando por las buenas cabrón, pero no entiendes, ¡ahora te vas a chingar a tu madre, cabrón!”, y mandaba a los meseros a cumplir con tan singular encomienda. 

“Este negocio requiere de mucha chamba. No es cosa fácil lidiar con tanto borracho, pero pues Diosito nos puso en este camino, y qué le vamos a hacer... Hay que levantarse muy temprano, cuatro o cinco de la mañana para atender a esos pobres que se la vienen a curar, y pues hay que atenderlos. ¿A quién se le puede negar un trago? A nadie, siempre y cuando lo pagues, eh? También en eso de la servida somos buenos, no andamos con tacañerías. Eso sí, hay que cuidar bien la caja porque luego estos cabrones de mis hijos me quieren ver la cara, pero conmigo se la ‘persinan’”, señalaba la singular Samaritana a la que muchos habrán de recordar por servir abundantes tragos, brindar botana exquisita e impartir de cuando en cuando una buena mentada de madre, “porque antes de que me la mienten a mí, yo ya se las devolví al triple; ya me conocen cómo soy”, decía en tono jocoso.

Se ha ido tan singular mujer de ese Oaxaca que también se va yendo, y ya la extrañan sus cientos y cientos de clientes, además de los cancioneros que nunca faltaban, y para quienes el grito de guerra seguirá sonando: “¡Aquí vienen a tragar, no a hacerse pendejos, hijos de la chingada…!”.

Allá arriba ya la esperan algunos de sus hijos, y hasta “El Conejo” Sandoval. 

Descanse en paz Doña Carmen. Mejor dicho, ¡salud, a su memoria!

La ubicación

El bar actualmente se encuentra en la cuarta calle de Libres y finalmente en la calle de Refugio 911,  en el barrio de Jalatlaco.