Ángeles y Serafines

"Lo que es arriba es abajo", le decía doña Goya a Ángeles mientras le leía las cartas del tarot; y agregó: "Los serafines tienen  tres pares de alas, las primeras tapan sus rostros que son los más bellos del universo y  solo el Creador tiene derecho a contemplarlos; con el segundo par vuelan, las dos últimas cubren sus pies que simbolizan el amor, pues pertenecen al orden más alto de la jerarquía que rodea el trono de la Divinidad".

Ángeles comprendió  de golpe, que su hijo Serafín era un ser extraordinario y que el Altísimo le había reservado un apostolado único en el mundo, no era coincidencia que se llamara así.

Esa mañana, aconsejada por sus amigas, fue a ver a la adivina para  conocer su futuro. Era madre soltera, su gran amor la abandonó en cuanto supo de su embarazo, dejándola casi en la calle; ahí, con el auxilio de conocidas y vecinas llegó al mundo Serafín. Él nació con piel morena, nariz ancha, labios gruesos, cabellera rebelde y cuerpo de guamúchil, nada agraciado; pero los ojos de una madre están hechos para ver a sus retoños como los seres más divinos, radiantes y hermosos de cuantos niños o niñas existan en el mundo.

Ángeles conseguía dinero lavando ropa, limpiando casas que no eran suyas, cuidando bebés ajenos, vendiendo comida en las calles polvorientas, pidiendo fiado aquí y allá.

El “niñito” de Dios crecía rápido, aprendió a gritar y a exigir: ropa de calidad, zapatos, comida, estudios. Terminó la Licenciatura en Contaduría Pública, aunque nunca ejerció, ya que el dinero solo tenía que pedírselo a su madre. En ese tiempo se dio de alta en la política y se afilió a un partido, con la promesa de que, cuando ganaran los amigos, vendría la recompensa. Así trabajó gratis por muchos años.

Serafín llegaba con mamá Ángeles y resonando la voz en la garganta, como había aprendido en el partido, ordenaba:

-Madre, dentro de dos días tengo una reunión y necesito ropa nueva, ya que van a estar los jefes, usted sabrá cómo le hace.

Ella, obediente, pedía en abonos las cosas.

-¡Madre!- exigía -quiero una moto, de esas grandes, porque es una vergüenza llegar al partido en transporte público.

Y Ángeles volvía a cargar su cruz con una nueva deuda.

- ¡Mamá! no es posible que toda la vida ande en moto, cuando llueve me mojo, no sé cómo le vas a hacer, pero necesito que me compres un coche; pero ni se te ocurra pensar en un auto usado.

Ella, cansada y sin fuerzas para discutir, sólo asentía con la cabeza y Serafín tenía su coche. Para garantizar los compromisos dejaba en garantía su casa, ahora sólo esperaba con angustia  a esas bocas hambrientas de dinero que llaman bancos, para que le arrebataran su último patrimonio.

Con el cuerpo viejo hecho polvo, Ángeles deambulaba en andrajos por las calles. Enferma, con la mirada baja, el rostro arrugado, endeudada. No le importaba morir, sólo sentía el pecho oprimido por haber decepcionado a Dios, por no darle a Serafín todo lo que se merecía, había fracasado en su encargo, pero estaba tranquila, pues era indudable que la misión de su hijo estaba asegurada y que él no le iba a fallar a su Creador.

 “Los ojos de una madre están hechos para ver a sus retoños como los seres más divinos, radiantes y hermosos de cuantos niños o niñas existan en el mundo”.