Denarios | Esperanza

A lo lejos, se distingue una figura diminuta, es José. Camina evadiendo los numerosos montículos de grava, gravilla y arena, que se perfilan como dunas en lo que otrora era bonanza de siembra. Muy temprano ha salido de su jacal. Lo acompañan sus tres vacas flacas y cinco chivos que son su patrimonio familiar.

Chepe (así lo llaman en el pueblo), es un joven de rasgos indígenas. Su cara muestra las inclemencias del tiempo. Viste una sudadera desteñida con capucha y manga larga. Lleva un pantalón holgado con algunas costuras rotas. Por las correas de sus huaraches desgastados se asoman unos pies endurecidos, agrietados como la tierra. Durante cinco años ha pastoreado el ganado, cada día y sin descanso. Hoy, un cabrito se ha extraviado. José, siente primero temor de que su madre lo reprenda, y después pena, por ver a su rebaño cada día más mermado.

El sol sigue calentando, el joven no deja de buscar a su chivito. Camina de un lado a otro sobre un páramo herido por el olvido. Siente que su cuerpo se ahoga. Cierra los ojos. Recuerda cuando con otros pastores, se iban al río y mientras los animales comían, ellos se desnudaban para nadar, dejándose llevar por la corriente como hojas sueltas. Hoy, el río se ha esfumado, su caudal tiene cascajo y escombro… en las riberas, sólo crecen los huizaches.

El tiempo corre y Chepe no halla a su cabrito. Las lágrimas caen sobre su vestimenta raída. De repente, en un recodo del camino, un soplo del viento levanta la hojarasca. El ganado huye, se dispersa. Chepe divisa un foso hecho por el trascabo. Ahí está la joya perdida. Saca al chivato  y lo abraza como a un bebé, lo besa, le habla, intenta volverlo a la vida: todo es en vano.

Con la vista busca afanoso el laurel en cuyas ramas se mecía con sus amigos cuando era niño. No encuentra el árbol, en su lugar existe una gran área aplanada, que sirve para esperar productos de la criba. José se recarga en un montículo de grava, y llora, llora por su cabrito muerto,  por el árbol convertido en polvo, por la tierra convertida en nada.

Reacciona cuando oye: “¡Chepe, Chepe!”; es su tío a quien saluda bajando la cabeza. El tío, enfadado, le recrimina:

-Tu madre está preocupada porque no llegas -y como adivinando su pensamiento, agrega-. Entiende hijo, el campo ya no tiene nada que darnos. No tarda tu mamá en vender el rebaño que queda y comprar el mototaxi de mi compadre. En este trabajo sí que se gana.

Mientras el tío habla, Chepe se mantiene callado, pero después le dice:

-Yo quiero habitar en el campo, trabajar y cuidar de la tierra.

El tío arranca su mototaxi. Al pasar por las veredas, contempla la soledad de los campos. Siente nostalgia... pero regresa a su presente y convencido, se dice a sí mismo: "¡Qué más da! Eso quedó atrás".

José lo mira partir. Entonces, con su cabrito muerto en brazos, reúne vacas y demás chivos. Camino a casa escucha los truenos y ve caer relámpagos. Cuando los grandes goterones empiezan a caer sobre su cabeza, mira al cielo y murmura: "Que se haga tu voluntad, Señor". Y su sombra se pierde en el horizonte.