Héctor Ramón, leyenda del arbitraje en Oaxaca

“El arbitraje es el amor de mi vida”, asegura

El arbitraje no le agradaba, pero poco a poco se enamoraron hasta que se convirtió en el amor de su vida.

Es Héctor Ramón Pacheco López, quien hace tres años colgó el silbato, pero aun recuerda lo apasionante que es el arbitraje.

“Jugaba futbol, pero un día me invitaron a pitar y desde ese encuentro me atrapó”, expresa el veterano silbante.

Pacheco López desnudó parte de su vida tanto como árbitro amateur como en la vida profesional de una profesión que lo trae metido en los más profundo de su ser.

En su relato, expone que ingresó al oficio más complicado del futbol ya que nunca es entendido ni comprendido a la edad de los 25 años, por lo que piensa que otro gallo le hubiera cantado si hubiera empezado antes.

TUVO UNA INFANCIA TORMENTOSA

Al comenzar la charla habla de su triste y sufrida infancia,  ya que quedó huérfano a los 8 años edad.

Solo, se aventura para irse al Distrito Federal, donde “estuve como esos perritos de la calle, solo, sin que nadie me dijera nada y me quedaba donde me agarraba la noche”.

Regresó a Oaxaca después de varios años “no recuerdo fechas, pero al llegar, comienzo a jugar futbol”.

SU INGRESO AL ARBITRAJE

Cuando estaba por cumplir los 22 años, su hermano Ángel lo invita para integrarse al colegio de árbitros que dirigía Javier Spíndola Mani; llega con él quien le dice que tenía presencia y estatura, y le gustaría verlo en el terreno de juego para calificar su desenvolvimiento.

“Comencé a trabajar en algo que tanto detestaba, qué ironía, y qué lejos estaba de pensar que algún día iba a aspirar a cosas más grandes, pues cuando era jugador protestaba todo lo que me marcaba el árbitro y le decía lo que todo mundo les dice; ‘estás vendido. Cuánto te dieron para marcar eso’”, platica.

“Pero cuando entro al trabajo del arbitraje y comienzo a empaparme de las reglas de juego, todo mi panorama referente a ese oficio dio un giro de 180 grados”, declara con una sonrisa que denunciaba en sus facciones.

Para su debut, se compró una playera negra y conseguí el short, y así hice mi gran debut, haciéndolo como asistente número dos, al centro estaba Javier Orozco y el otro asistente era José Ramales, quien se desempeñaba como bombero.

En ese partido viví una inolvidable anécdota, antes de ingresar al terreno de juego, Javier Orozco se dirigió hacia mí para decirme “no me levantes la bandera, no marques nada, solo ve viendo cómo se desarrolla el juego”.

Pero desde mi banda —apunta— me quedaba viendo a Ramales como trabajaba la suya, y comencé a levantar la bandera en jugadas que sentía debía hacerlo. Cuando concluyó el juego, Orozco no perdió la oportunidad para decirme ¿qué no te dije que no levantaras la bandera?.

“No me quedé callado y le respondí: Si la regué perdóname, pero sentía que era la oportunidad para demostrarle que podía. Cuando estaba levantando la cédula me dijo, ‘Lo hiciste bien; te ganaste la repetición’, y de ahí para adelante”.

AL ARBITRAJE PROFESIONAL

Al ingresar al arbitraje y como todo en su vida, se marcaba metas, y esta vez no fue la excepción, un una de ellas era llegar lo más alto posible.

Así se dio la oportunidad cuando un grupo de los árbitros que en ese entonces se les llamaba ‘piratas’, estando el Pato, Spindola, Tejero, Sergio, Crecencio Paletas y su hermano Javier Orozco, fuero al Distrito Federal, y después de realizar el papeleo recibieron el carnet de árbitro quedando al frente del grupo fue Javier Spíndola Mani.

Su debut, señala Héctor, se dio en el futbol profesional sancionando el partido que disputaron en el estadio Manuel Cabrera Carrasquedo Lobos de Tlaxcala y Camaroneros de Salina Cruz, donde compartió las bandas con Sergio García, y como árbitro central estuvo Narváez.

“Para mí, el arbitraje significa todo, se volvió el amor de mi vida, y cada encuentro que sancioné siempre llegué a dar todo, siempre con la mejor intención de hacer un trabajo que le gustara a ambos contendientes, pero este trabajo siempre fue ingrato, ya que nunca dejabas contento a nadie, pues el arbitraje jamás va a ser entendido por quienes nunca han trabajado detrás de un silbato.

“Creo que le di más yo al arbitraje de lo que él me dio, porque tenía un negocio de vidrios y cristales y a punto estuve de hacer quebrar el negocio por seguir en el arbitraje”, finaliza.