La fortaleza de Luisa

Luisa llegó apresurada de su pueblo San Vicente, al cuarto que alquila. Era momento de cambiarse la ropa por el uniforme blanco de enfermera y de presentarse al Hospital Civil. La habían mandado a llamar de manera urgente para atender pacientes de COVID-19, debido a la crisis sanitaria.  

Ella es una mujer joven, de rasgos mestizos, con vocación innata de enfermera y diez años de experiencia profesional. En sus juegos de la niñez, sus personajes favoritos eran ser doctora, cirujana, pediatra, enfermera.


 

 Cuando ella dirigía los juegos, exigía a sus compañeritos que trataran bien a los muñecos (pequeños pacientes) y también a sus familiares. En su adolescencia estudió con ahínco la Licenciatura en Enfermería, con especialidad en Cuidados Intensivos y se prometió laborar en hospitales de alta especialidad.

Asignada a Medicina Crítica, en varias ocasiones Luisa lamentaba el esfuerzo y la atención sin descanso que demanda este tipo de pacientes, pero ahora que se presentaba la emergencia sanitaria, no podía negarse, quería estar al frente de este gran reto y eso es lo que iba a hacer.

Para llegar a la unidad hospitalaria tenía que abordar el transporte urbano que cruzaba la Central de Abasto. Luisa se sentía segura, durante tres años había recorrido la misma ruta para llegar a su trabajo y  nunca se presentó dificultad alguna. Pero, el día de hoy, fue una mañana excepcional. Durante su caminata empezó a sentirse nerviosa y de repente se vio rodeada de jóvenes silenciosos y cabizbajos que llevaban botellas y vasos en la mano. Luisa quiso detenerse y cambiar de acera, pero ya no hubo tiempo; de repente, su cuerpo y su ropa fueron bañados con restos de café, jugo, refresco. Además, no obstante la agresión física, también fue presa de insultos motivados por un ambiente de inconsciencia con olor a enfermedad y muerte debido a la pandemia. Las voces altisonantes repetían: “¡Fuera!” “¡Ustedes nos contagian!” “¡Asesina!”

A pesar de que eran muchos transeúntes, sólo un indigente solitario se acercó a ella y le dio un pedazo de maltrecho papel, con el cual ella secó parte de su cara y comenzó a gritar: “Policía, policía”, sin obtener respuesta alguna.

Luisa, sorprendida y angustiada, lloraba de impotencia y se decía a sí misma: “No merezco este trato”. En ese ambiente de hostilidad, abordó un taxi. El chofer, sin ninguna excusa, la llevó con prontitud a su destino.

Al llegar al nosocomio, explicó rápidamente el incidente, se quitó el uniforme manchado y se vistió  con su equipo de protección completo: gorro, cubrebocas, careta, bata especial, gafas, guantes y todo lo necesario para afrontar a la enfermedad. Había tanto que hacer, era momento de demostrar valor y fortaleza. Entonces escuchó una voz firme: “Ingresa paciente por COVID-19. Personal, directo a Urgencias”. Se apresuró a salir, llegó al área hospitalaria señalada, se persignó, inclinó  la cabeza, musitó una breve oración y se dijo a sí misma: "¡Adelante Luisa, la batalla apenas comienza!"

 

"No obstante la agresión física, también fue presa de insultos, motivados por un ambiente de inconsciencia”.