A diario aumentan las opiniones y las columnas de opinión en que se alude a lo que seguramente experimentaremos una vez que termine la euforia y gozo del mundial 2026 en que para alegría y sentimientos masiosares de una buena cantidad de aficionados y no menos villamelones, se están logrando hasta ahora triunfos de la selección de futbol con la cauda de “niños héroes”, encabezados por la nueva esperanza mexicana del “niño artillero”, el magnífico Morita del mismo “Chapas, chilangos dixit, aunque avecindado en Juárez. Y es que aun con las celebraciones cada vez mayores en número y en ocurrencias de la banda, para pocos es ignorada la situación económica del crecimiento de la economía informal en los últimos meses, la disminución creciente del PIB, la contracción económica, el crecimiento de la deuda, la falta de inversión sobre todo la nacional y la extranjera que solo se refleja en la inversión de las empresas existentes para expandirse, la violencia, la inseguridad galopante, los homicidios y desapariciones, la extorsión y el secuestro así como el crecimiento territorial y de delitos del crimen organizado.
Como si algo faltara a este clima de incertidumbre y temor, ahora nos anuncian desde la más alta tribuna de difusión del grupo gobernante que en cuanto termine el mundial se abordarán asuntos álgidos que tiene que ver desde mi punto de vista con temas que sobre todo afectan al poder, con los puntos de vista y posiciones diferentes de una parte creciente de la población, la disidencia, los actores políticos, religiosos, grupos y articulistas de opinión, así como lideres partidistas, extranjeros y aun los propios miembros del partido gobernante que los toman como agravios, ataques calificándolos incluso de traición a la patria y de plano como añoranzas de los tiempos idos de neoliberalismo. En ese contexto sobresale la crítica y posicionamiento de la ejecutivo sobre la imperiosa necesidad para acotar, controlar y legalizar el control de las redes sociales aludiendo que son fuentes de ataques y manejo de mentiras llegando a calificar a una de las redes sociales más conocidas como la que instiga y motiva a la “juventud” a estar en contra de ellos, en el modelo cada día más usado y desgastado por ese grupo en que se trata de demeritar cuando no es que de castigar al mensajero más que al mensaje.
Hace algún tiempo proliferaron en las redes y en el espacio hasta ahora más usado para enviarlos por la carreteras de la información los mensajes de supuestas benevolencias que se podrían obtener si el receptor lo reenviaba a diez lectores más so pena que de no hacerlo o borrarlo, sufriría los peores estragos y maldiciones habidas y por haber de tal manera que incluso hasta algunos de los que contaban con estudios universitario o información mas precisa de la realidad, caían en el garlito y uno veía cómo el archivo personal crecía ante el avasallamiento de aquella invasión despiadada de mensajes. Les comentaba a los orgullos de mi optimismo ante su incredulidad y asombro que desde mi punto de vista solo era un cambio de vehículo transmisor porque en mi lejana infancia allá en mi San Jerónimo recordado, aprendimos por los consejos y regañadas de nuestros padres a ni siquiera tocar los sobre de las antiguas cartas que alguien dejaba bajo la puerta de acceso a los domicilios particulares en lo que se denominaban las clásicas “cadenas” que aunque eran desechadas de inmediato, tenían cierto misterio y temor que algo pudiera ocurrirnos, por el poderoso mensaje sicológico de reproducirlos o atenerse a las consecuencias si uno las rompía.
Eran los tiempos en que según las estadística e informes más del 90% de la población mexicana sostenía que era creyente y practicante de la religión católica, más del 80% estaba en el medio rural o en pequeñas ciudades, el empleo fuera del campo era escaso y mal pagado y las oportunidades de crecimiento económico eran limitadas por lo que el contenido de las cadenas en las cartas eran en torno a los santos, vírgenes y el dios del cristianismo que a casi todos les llegaba, a la necesidad y al apremio por tener dinero, riqueza y prosperidad aun a costa de supuestas fuerzas externas o cuasi divinas. Así en el auge de las redes sociales en nuestro País, se llenaron de esas alusiones y utopías con ciertos rasgos actuales, pero con las mismas estructuras ideológicas para ahora en estos momentos ser el vehículo por excelencia para sacar otras de las características de nuestra identidad mexicana de denostar, atacar, enjuiciar, adjetivar y condenar en la más grosera impunidad a quienes consideramos nuestros avatares, enemigos o por el simple ánimo de molestar al prójimo: La pobreza, la unilateralidad, la violencia y el crecimiento del crimen organizado más temprano que tarde serán más que las redes las motivaciones del electorado para cambiar lo que nos agobia.
